VOICES
VOICES
El poder de la Actitud
Karina Suarez
Después de más de 25 años liderando equipos, hay algo que tengo cada vez más claro: los resultados importan, pero la forma en que llegamos a ellos también.
He tenido la suerte de vivir muchos desafíos: crecimientos, transformaciones, cambios de estrategia, momentos de incertidumbre y también grandes logros. Y en todos ellos he confirmado algo básico: ningún resultado extraordinario se consigue solo.
Podemos tener una gran estrategia, el mejor talento y objetivos ambiciosos. Pero si las personas que forman un equipo no creen en lo que hacen, no se sienten parte o viven el camino como una carga, tarde o temprano eso se nota.
Por eso creo profundamente en el poder de la actitud. Porque muchas veces la diferencia entre un día bueno o uno malo no está en lo que nos ocurre, sino en cómo decidimos enfrentarlo.
La actitud parece algo pequeño, pero puede cambiarlo todo. Puede transformar un problema en un desafío, un error en aprendizaje y un día difícil en una oportunidad para volver a intentarlo. Y cuando hablamos de equipos, esa energía se multiplica. La actitud de una persona puede contagiar a otras; la de un líder puede marcar el rumbo de todo un equipo.
Disfrutar el camino no significa trabajar menos ni ser menos exigentes. Significa enfrentar los desafíos con buena actitud, saber cambiar el rumbo cuando las cosas se ponen difíciles, celebrar los avances y disfrutar lo que logramos juntos.
Los datos también nos invitan a mirar cómo estamos viviendo el trabajo. Según el Estudio de Felicidad Organizacional 2025 de Buk, un 79% de los colaboradores en Chile declara sentirse feliz en su lugar de trabajo. Es una cifra positiva, pero también nos deja una pregunta: ¿qué estamos haciendo para que más personas quieran estar, crecer y aportar en los lugares donde trabajan?
En mi experiencia, el compromiso no se decreta. Se construye. Y muchas veces comienza por algo tan simple como escuchar.
Escuchar qué mueve a cada persona, qué la entusiasma, qué le preocupa y qué quiere lograr. Porque detrás de cada persona hay una historia, una motivación y también un propósito personal.
Cuando las personas sienten que su aporte importa, que pueden ser ellas mismas y que existe confianza, aparece una energía diferente.
La cultura, al final, es lo que pasa cuando nadie está mirando. Es cómo nos tratamos, cómo enfrentamos un error, cómo celebramos el éxito de otro y cómo reaccionamos cuando las cosas no salen como esperábamos.
También he aprendido que la actitud no significa ser siempre positivo. Es una elección. Es decidir cómo queremos presentarnos frente a lo que nos toca vivir. Y en un equipo, esa elección puede convertirse en una poderosa ventaja.
Porque habrá metas difíciles, errores, cansancio y momentos en que dudaremos. Eso es parte de cualquier camino. La pregunta es cómo queremos vivirlo y qué energía queremos aportar a quienes lo recorren con nosotros.
Para mí, el éxito de un equipo no se mide solamente por cuánto logra, sino también por cuánto crecen sus personas, cuánto disfrutan el proceso y si, al mirar hacia atrás, sienten orgullo no solo del resultado, sino de haberlo construido juntos.
Quizás una de las grandes tareas del liderazgo de hoy sea justamente esa: formar equipos que quieran ganar, que sepan levantarse cuando las cosas no salen bien y que elijan, cada día, la actitud con la que quieren recorrer el camino. Porque a veces la diferencia entre llegar a la meta o quedarse en el camino empieza mucho antes de los resultados: empieza con la actitud.
MÁS ENTREVISTAS